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Inevitable

miércoles, 18 de febrero de 2009

Si hoy escribo es por el inevitable revuelto de tripas que me ha provocado la resolución (aún no completa) del reciente asesinato de la chica sevillana Marta del Castillo. Se trata de un asesinato más (vergüenza siento como ser humano) y no lo es. La juventud de la chica, su carisma, y el cómo se ha ido implicando cada vez más el pueblo son algunas de las características que, y saltan a la vista, hacen que no lo sea. El perfil del asesino es cuanto menos conmovedor. Al ver su fotografía en los periódicos digitales, me di cuenta de algo: he visto personas como esa muchísimas veces, en la calle, de fiesta, paseando, o en la playa, por citar algunos de los sitios. Me inquita pensar que haya otros tantos cerca de todos. En la biblioteca no.

Aún no sé, y espero que nunca llegue a saberlo, cómo puede llegar a matar alguien normal -normal al menos aparentemente-. Es evidente la gigantesca culpabilidad del asesino, Miguel Carcaño, como mi condena del asesinato y el apoyo a la familia y toda la gente que sufren, injustamente, por ello. Obviando ello, quisiera hacer hincapié en cual pudiera ser el origen de los actos del asesino, y plantear debate a todos los lectores. Y es que bien por ignorancia y/o falta de educación, o bien por un trastorno mental grave se ha llegado a esta situación tan límite. Claro que este trastorno puede surgir por estocástica, o por (como parece que es el caso) experiencias vividas por el sujeto en su infancia, de gran importancia y que negativamente influyeron para el resto de su vida. Terreno pantanoso y complicado. En manos de profesionales como psicólogos, psiquiatras, y jueces queda la habilidad de discernir la frontera entre todos estos aspectos. No tengo conocimiento suficiente de cual pudiera ser la influencia de cada uno de ellos en la sentencia final (Dios me libre de dar un veredicto), pero las consecuencias han sido claras, desafortunadamente. Esperemos que la pena sea justa y proporcional.

Lo real e inmediato es que ahora falta Marta. Lo preocupante y lo que me provoca pavor es que se trata de personas normales, de la calle, como cualquiera con quién cruzar una mirada o unas palabras en la parada del autobús. Seriales americanos trasladados a nuestra cotidianidad. En todos está la posibilidad de interrumpir la trama, cortarla de raíz, o por el contrario permanecer por siempre como meros espectadores acomodados. Podadoras como la educación, la cultura o el apoyo psicológico a niños y niñas, pueden que nos ayuden a prevenir mejor casos parecidos a éste en el futuro.

Despertares

martes, 20 de enero de 2009


Lo único que es para siempre es lo que se ha perdido
Los últimos románticos (La Habitación Roja)

Viendo la película "Despertares" la otra noche, dirigida por Penny Marshall y en cuyo reparto se encuentran nada más y nada menos que Robin Williams y Robert De Niro, se despertaron en mí multitud de sensaciones a las cuales me quiero referir en este breve artículo (que como verán, no se trata de una sinopsis del film, el cual recomiendo fervorosamente). La temática, con raíz en la neurociencia y tratando muchísimos temas que pueden crear controversia, (más de un compañero de bitácora y muchísimos de los lectores habituales lo podrá discutir con mayor conocimiento que yo) no es sino completamente apasionante. En muchas de sus impactantes escenas aparecieron una vez más la gran mayoría de mis miedos, como lo son la enfermedad o la soledad, aunque el que más estaba presente era sin duda el que más me preocupa, esto es, el hecho de envejecer y la pérdida de facultades (que, como no, sumado al resto adquiere aún mayor importancia). Aunque todo esto se trate de un proceso de aprendizaje y adquisición de experiencia, me resigno ante ello.

Más que a la propia muerte.

Los personajes que aparecen, uno detrás de otro evidencian cada uno de estos miedos, además del impacto que supone en el espectador el ver cómo personas padecen enfermedades que les imposibilitan moverse, o incluso comunicarse, durante décadas. Lo mejor de todo, después de la frialdad y transparencia del argumento, es el mensaje profundo y de primer orden que nos deja. Y es ahí donde quiero hacer hincapié en estos días, en la hermosura de la vida que por suerte tenemos la opción de disfrutar. Sí, hay muchísimas personas que no la tienen y aún siendo así, no valoramos las pequeñeces que hacen de todo esto un sueño. La crisis económica a nivel mundial, la esperanza en el nuevo presidente Obama, el terrorismo nacional e internacional, o el número de parados en España son algunos ejemplos de problemas que día a día conviven con nosotros, y de los cuales tenemos el compromiso moral de preocuparnos, o más bien, ocuparnos. Otra cosa es olvidar el placer de un café en soledad, acariciar a tu gato (siempre altruísta) o la posibilidad de elegir si leer un buen libro o ver una película inolvidable.

Hay personas que al mirar a través de la ventana, no podrán después decidir si andar por la calle que dobla la esquina y va al mercado, o la calle que cruza justo enfrente del colegio, porque no tienen la capacidad de andar, o incluso de ver. Incluso durante décadas. Tomando esto como nuevo punto de partida, creo que será más fácil apreciar la grandeza del ser humano y sus circunstancias, y así tener algún día la posibilidad de conocer el complejo entramado que consiste en ser feliz.

Los días fríos

martes, 2 de diciembre de 2008

No hace tanto del verano, no. Ya no voy en manga corta, eso es cosa de otros, ni veo el mar tranquilo que reposaba exhausto en la arena. Quiero ser el leñador de días más fríos, en los que buscas el fuego de la chimenea para que arda a tu vera. Y un libro, y un LP, la nieve pasa a alta velocidad al lado de los vagones, mientras observamos los olivares congelados. Son días fríos dentro de la propia frialdad que vivimos. El amor no se ofrece en libertad y gratuitamente, vagabundos duermen ante la pasividad de los jóvenes alumbrados por la sinrazón, o cualquiera que pasa por la calle roba los balones despedidos de un zurdazo sinsentido en tu partido de fútbol semanal. No hay mantas ni calefactores que arropen tal fenómeno meteorológico.

Es ahora cuando quiero evocar a Xoel López, evadirme de mí mismo, defender el escapismo. Entiendo su retirada temporal del mundo en el que vive, en el que vivimos, al igual que entendí en otros momentos diferentes a otras personas. Se despide por tiempo indefinido, para viajar por Latinoamérica, para estar con su pareja, o para lo que quisiera hacer, como por ejemplo criar gallinas. Quiero levantar la mirada y reinventarme, ojalá pudiera siquiera hacerlo en los sueños en los que despierto con cara de felicidad. Explorar nuevos mundos, estar con los que quiero estar, escuchar discos de antes hasta caer rendido por el cansancio, leer los libros de poesía que nunca se han escrito, disfrutar con Mule Variations. Evoco a Xoel López, porque el ser humano tiene un límite y una vergüenza, y si tiene el poder y el tiempo necesario tiene también la posibilidad de huir, para luego volver con más fuerzas y honrar a su género. Lo evoco y lo homenajeo desde la envidia y la admiración, me quito el sombrero, y no para aplaudir una cobarde huída de los problemas, sino un decir que estoy en la cima de mis aspiraciones y lo dejo todo por puro inconformismo.

Son días fríos de humanidad y tiempo, que vienen desagradables y con fuerza. Pero amo la nieve con todas mis fuerzas, por la tranquilidad, el ambiente que genera (logramos apreciar de verdad el calor que nos hace vivir), las castañas del puesto de la rambla o los auriculares tirados en la cama. Quiero salir, irme lejos, disfrutar y sufrir por la vida y sus menudencias, lo dejo todo por un minuto contigo, con un sorbo a sorbo de patxarán, con ese tu abrazo de mirada perdida y brazos circundantes en el coche, me partes el corazón. Amo estos días fríos dentro de los otros que vivimos con absurdidad, de los cuáles sólo el calor de la batalla logrará salvarnos.

Fin de semana

martes, 18 de noviembre de 2008

Veníamos como líneas rápidas, estiradas en el infinito, desde el invierno de pueblo y cortante de las calles de Nazarí. Como los faros de los coches perdidos en la densa niebla, como algodón agobiante. Hablábamos de canciones, de cervezas con grado y máster, de fútbol, de los sueños y el miedo. Del miedo de estar lleno de desayunos castizos y castigadores (peor será la comida) y de la frialdad de pueblo y cortante de los nazaríes. Las canciones se callaban rápido, el tiempo corría en nuestro pelo como el viento.

Ford Capri de Quique González

En el asiento de atrás estaba ella, con el pelo enredado en el cinturón de seguridad y ausente en el sueño, presente en mis guiños. La verdad, no sé qué música sonaba en mi cabeza; lo más probable es que fuera su viva imagen. El concierto de la noche anterior había sido insultantemente poético, intenso y caluroso. Luis García Montero en los aplausos, en el retrovisor del
Ford Capri. José Ignacio Lapido en el backstage, bajo las luces de neón: ¡manos quietas, este coche ya ha sido robado! Los recuerdos de algo que era pasado marcado a fuego en la piel se mezclaban con los mejores planes de futuro.

Hacíamos viajes infinitos con la mente. Las mejores fiestas, el reencuentro con esa vida que en sueños disfrutamos hasta llorar de pena al despertar de un golpe con la almohada. En sólo dos fines de semana, aquí. Como un adelantamiento peligroso, ella pronunció estas palabras que aún retumban entre paredes:
“Vivimos de fin de semana en fin de semana”. Hoy ya no es hoy. Esta noche ya no es esta noche. Hoy y esta noche son la preparación del fin de semana. Ya no soy libre, he encontrado el abismo en mi propia grieta, la que dicta Raúl Quinto. Las rutinas bailan en el escenario de los tiempos modernos y me dirigen, y desde ese momento sentí que conducía de vuelta al próximo fin de semana, siento que bajo las escaleras al próximo fin de semana, pienso, y duermo preparándome inconscientemente para el próximo fin de semana. Ojalá un día de estos el fin de semana sea la vida entera, porque entonces seremos libres en espacio y tiempo.