te fuiste con prisa, luchando y sin ganas, recogiendo besos y dejando lágrimas a tu paso.
Tu silla inmóvil y tus escritos limpios y ordenados como el recuerdo, que lanza mis pasos y guía mis actos dentro de mis miedos.
Aún te espero sentado en la cocina, cuéntame una historia que consuele, pero se quedan las copas vacías día tras día.
En mi vida llevo tu enseñanza, sigo subiendo escalones como metas sin que esas metas dejen de ser nuevos escalones.
Dejaste abrumada la ignorancia, transmitiste el valor de la experiencia, la vida hay que matarla desde el frente, que morir es volver a nacer en otra vida.
La lluvia de sucesos me invade y aunque no trato de demostrar cosas indemostrables, esta noche sólo puedo decir que en el juego de la vida, arriesgar es fundamental, y como si se tratara de los nefastos arbitrajes ligueros de cada domingo, al final de la competición te dan y te quitan. Siempre habrá buenos momentos, momentos excelentes y peores, y que nos produzcan dolor, pero no sin arriesgar. La comodidad es algo que detesto y me aburre, día a día intento escapar lo más rápido posible de la monotonía. Arriesgar es el tren que pasa, el salto al vacío.
Es cierto que cuando lo peor ronda nuestras cabezas estamos ciegos. Nada nos invita a ser optimistas, y los momentos buenos quedan minimizados, queriendo evitar repetirlos para así no volver a caer en los mismos errores. El amor, el trabajo, o incluso detalles triviales de la vida cotidiana, todo hasta hoy me ha demostrado lo contrario: merece la pena volver a arriesgar. Sin ese punto de valentía, no se puede ganar. Y si algo hay que ser en la vida es ambicioso, valiente. Yo no prefiero quedarme con la duda de saber qué hubiera pasado si... mejor que no, y si caes de bruces, aprender, manejar, envejecer. Siempre ha habido y habrá malos momentos, y por más que nos habituémos a ello los palos escuecen, pero precisamente existen porque los hay buenos de verdad, de los que nos satisfacen, por los que es más que importante luchar, la base de nuestros sueños y aspiraciones La búsqueda no es fácil, pero siempre será mejor que quedarse sentado en casa. Me repito, a mi modo de ver, merece la pena volver a arriesgar.
Lejos de desprestigiar a nadie, quiero hacerme eco de una vivencia que tuve el fin de semana pasado. Como pequeña reflexión, aunque se podrían escribir libros, anecdotarios de felicidad y desengaño. El pasado viernes estuvimos ella y yo en el Teatro Apolo de Almería, recital en la capital almeriense de Lourdes Hernández, más conocida en el mundo musical como Russian Red. Su apuesta clásica (o arriesgada según se mire, ahora lo de toda la vida se sale del tiesto) con raíces en el folk americano y reverberaciones en la historia de los legendarios songwriters, unida con una voz bella y centelleante constituye una fórmula excitante para los oídos. Como se esperaba, y con el público de Almería practicamente llenando el Apolo, el concierto fue de una sutileza y una ejecución que rozaba la perfección. En este sentido, absolutamente nadie salió defraudado. Aunque algo sí que percibí y que luego me plantearía varios pensamientos: falta de intensidad en los músicos que no lograron conectar y transmitir con el público, su público.
Esto es en cierto modo preocupante. Fuera lo que fuese lo que ocurrió en la atmósfera que a todos nos rodeaba, decidí aparcarlo a un lado; no podía ser de otra forma después de la felicidad que me invade después de este tipo de espectáculos. Asiento reservado, silencio, un xilófono, ella a mi lado. Como en otras tantas ocasiones, no pensamos en otra cosa sino en esperar al final a la artista, y así encontrarnos con Lourdes, la persona. En primer lugar nos invitaron a abandonar el patio de butacas, porque ella saldría por la puerta de camerinos. Nos avisaban que tardaría una hora, que sería posible que al final no se dejara ver, gente de su equipo nos aseguraba que ¡no saldría a firmar discos! En ocasiones son tantos los nervios y la ilusión que corren por tus venas, que haces caso omiso de las palabras, y persistes en tu idea: en otras ocasiones fue igual, con resultado inolvidable.
Esa noche no sucedió así. Nosotros dos, y aproximadamente otras quince personas (de las que pude contar once o doce adolescentes) nos quedamos con las ganas. ¡Once o doce adolescentes! Que en lugar de bajarse el último grito del reaggetton, o en lugar de publicar a los cuatro vientos sus canciones escandalosas y molestas pasadas por cable USB al teléfono móvil, tenían en sus manos el disco de Russian Red (y único hasta la fecha, lo que es importante recalcar para tener una mejor visión de mis reflexiones), de los que hoy cuestan 18 €, de los que es practicamente imposible conseguir en una ciudad como Almería. Se quedaron, viendo como su artista favorita abandonaba el teatro en una furgoneta justo por la puerta por la que se les avisó que no saldría. Que no escaparía, observando la estampa. De ahí en adelante el desencanto, la impotencia. No vimos a la persona, vimos de lejos a la artista.
Ahora viene aquí por fin la reflexión (y perdón por la introducción tan narrativa): ¿es realmente necesario esto? Lourdes puede tener un mal día (sí). Russian Red puede ofrecer un concierto frío y poco comunicativo (sí). De hecho todos tenemos días malos. El bolo (y miren que no me gusta nada el calificativo) no incluye firma de discos (sí). Pero ninguna de estas premisas justifican, lo que es en mi modo un mal gesto, un error. Porque Lourdes (me permito el tener como objeto de mi monólogo) los artistas, como tú lo eres, como lo son músicos, pintores, escritores, se deben a su público. Los grandes artistas, se deben y corresponden a su público. Porque estás empezando, y ni en grandes y viejos rockeros he visto tal escapada. Ignoro las causas, pero conozco las consecuencias: desencanto y desilusión en la gente que te sigue, y que te ha hecho estar donde ahora mismo nadie duda que estás. Porque aún ignorando las causas, dar cinco minutos de felicidad estaba en tus manos, y dejaste pasar la oportunidad. El balance para mí es claro, y aún desconociendo si tomaste o te hicieron tomar la dirección equivocada, fue un error.
Os dejo con mi canción favorita de Russian Red para esta noche, esta noche cansada y pasajera, agotada y efímera. Kiss my elbow.
Dejando atrás mi condición de bien nacido, me declaro abiertamente un amante de la palabra, del pensamiento, de la inquietud en general, y de la poesía y la música en particular. Aquí estoy para hacer un pequeño hueco a la reflexión, para alzar la voz, y hacer que mi lengua no se olvide de ser lengua, como diría Raúl Quinto.
Salvo indicación expresa, todos los contenidos de esta página están sindicados bajo una licencia Creative Commons. Puedes usarlos y modificarlos, siempre que no se haga con fines comerciales y se cite al autor.